Arena suelta

Por Tayde González Arias

El deber de la plenitud es propio, es nuestro.

Los deberes en los que cada día nos enfrascamos son tantos que nos llegamos a perder, o tan pocos que nos llegamos a aburrir, a algunas personas les agrada estar ocupadas todo el tiempo  al grado de tener medida la hora de los alimentos y  durante el día los quehaceres y los deberes cotidianos, aunque también los hay aquellos cuyo tiempo sobra y se busca gastar los minutos de su vida en lo que se pueda presentar.

Tenemos el deber de cuidarnos a nosotros mismos, es premisa cuidar de nuestras horas de alimentos, descanso o el aseo personal, pues en estos quehaceres se llega a encontrar gozo y disfrute se oxigena el cerebro y descansan los músculos y en la relajación siempre es más sano tomar ideas y analizarlas sin presiones de tiempos, frio o calor, ruidos o terceros.

Durante la infancia el deber es el cumplimiento de los deberes escolares, de la atención a los padres o abuelos, así el niño o la niña además de realizar las tareas, también procuran el cuidado de la abuelita enferma o del padre o  madre en apoyo de la limpieza del hogar para mantener limpio el lugar común en donde cada quien cumple un papel importante, pues esta quien mantiene el hogar económicamente, quien lava la ropa y elabora los alimentos, pero corresponde en una casa su mantenimiento a cuanto viva en  ella.

En la etapa adulta, cuando para muchos pareciera dar gusto no tener que cumplir con horarios o requisitos frente a los demás es cuando de más serio se vuelve el asunto de los deberes, pues es cuando se acerca la etapa de crear consideraciones laborales en los que cumplir con un horario contraerá responsabilidades económicas y sanciones administrativas  además de los compromisos naturales al hacerse cargo de hijos o responsables de menores.  Tomar en serio las responsabilidades no es opción es más bien una obligación directa que se tiene por ser una persona mayor o menor y ello ira determinando la manera en la que los demás se dirijan contigo frente a los demás.

El deber mundial es la responsabilidad por mantener lo único que tenemos en común; la tierra, el aire; el medio ambiente, pues así como se ha logrado el desequilibrio es trabajo nuestro volverle al sitio en el que bien se pueda vivir o sanamente habitar, este trabajo debe estar aunado al  hombro del vecino para juntos resolver los problemas que  se puedan presentar en el barrio o la colonia, pues así como el globo terráqueo se compone de continentes que se distinguen hasta por el color de piel de sus habitantes, señalando el  blanco, el negro o amarillo, la base de todas esas grandes superficies siguen siendo las comunidades en las que lo superfluo de dicha distinción encentra su común en las tradiciones y costumbres que les hacen especiales a cada uno.

Si como hijos de familia el deber es el respeto a la envestidura de la vida misma proveniente de una madre y un padre, empeñándonos para ser buenos estudiantes, y ejemplares ciudadanos, tendría que ser el resultado un mundo bien cuidado, relaciones armoniosas, solidaridad natural y afecto indistinto, sin embargo en la actualidad la desigualdad pulula, el odio se acrescenta entre los pueblos y la intolerancia habita en nuestros corazones, lo que ha permitido llegar como el esclavo cansado tras encontrarse aprisionado por años, arrastrándonos casi ágatas.

Es deber de la clase política escuchar a sus gobernados, es quehacer de los ciudadanos el conocer lo que es mejor para su comunidad y seleccionar quien realmente  pueda sus problemas resolver, o hacer menos su carga, lo que no nos podemos seguir permitiendo es la imposición, el dedazo o que por sorteo alguien sea impuesto para figurar una representación inexistente, pues que apego o que defensa puede hacer de nosotros un desconocido que jamás nos ha visto y si tiene que elegir en la nuestra vida o la suya ¿cuál cree usted que elegiría?.

Si del que sabe leer su responsabilidad es compartir al iletrado la alfabetización, del que tiene pan dar al hambriento, y del que le sobra cobijo compartir abrigo al  friolento, entonces el deber de ser de todos necesaria la inspiración y puesta en marcha de acciones que nos recuerden que no somos robots, si no personas sensibles, afables y  consientes de la realidad sufrida nazca y crezca  la  intención  y se actué en favor del mundo mejor en el que el sol o la luna puedan ser luces a ver, del aire disfrutar y desde luego gozar de vivir.

 

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