LA FUERZA DEL AMOR (ARENA SUELTA)

El amor mueve al mundo, esta premisa es sin duda una de las realidades que se comprueban prácticamente en cada escena en donde los abrazos, los besos, las miradas dulces y las caricias se hacen presentes. Las manifestaciones de amor, son un deleite para la vista, un regalo para el alma y un disfrute para quien las vive.

Debería ser una obligación amar al prójimo y hacerlo  más que por cumplir porque lo  dicten las sagradas escrituras, o por el deseo de una república amorosa, o un país amoroso, más bien que fuese por la voluntad de amar y la aceptación para hacerlo, pues no basta querer tener al amor de nuestra vida, sino que es imperante dar amor para recibir lo mismo a cambio

Una madre o un padre que ama a su hija o hijo, seguramente recibirá de regreso cariños, y aunque en algunas ocasiones no exista correspondencia debe haber la satisfacción, en el corazón del que dio amor, de cumplir con lo que en su ser correspondió, no hay espacio para el hombre o la mujer capaz de amar para el odio o desdén por los demás. Y aunque se dice que entre el amor y el odio hay un paso, si realmente nos entregamos al amor, es muy difícil que ese sentimiento se vea opacado por algún otro.

El amor, es el infinito del ser, el que ama no muere porque su amor trasciende, incluso los amores más grandes se recuerdan como leyendas, como mitos, e incluso por las obras que les lleva a vivir en un contexto especial, en grandes edificaciones o jardines colgantes, inspirados en lo que produjo, la admiración, la belleza, el carácter; elementos esenciales del amor y que se pudieron ver en la o el enamorado, a quien se le rinde culto.

Ríos y lagos, ojos de agua y nubes, montañas y mares, son incluidas en las  batallas más sublimes  del amor.

El amor ha dado sentido a la vida, porque gracias a él, el poeta escribe, el pintor crea o el músico compone;  las notas solas se ajustan, los pinceles solos fluyen y las letras se acomodan. Aunque se dice que nadie ha muerto de amor, lo cierto es que después del “nocturno a rosario”, Acuña, decidió morir, y Troya ardió. Vale la pena apuntar que darle el sentido positivo a este noble sentimiento no es una opción, debe ser el único camino, pues quienes en lugar de vivirlo se enferman terminan dándole mayor valía al odio o el rencor, lo que pudiera leerse como un falso amor y un sentimiento que realmente nunca existió.

Si la materia no se crea ni se destruye y sólo se transforma, el amor tampoco se  destruye, y solo evoluciona;  no,  si es amor verdadero, pues el amor, es el sentimiento rey con la capacidad de otorgar perdón y con la oportunidad de dejar ir, sin buscar hacer cualquier tipo de mal a quien se le ama.

El amor refleja lo que somos y el desamor también nos describe. Si habita en nosotros el amor, se nota en la cara, la piel, en lo personal y con los demás, lo mismo que cuando no está en nosotros, porque la amargura y la tristeza habitan en los seres que no han aceptado amar.

Lo humano es el amor, lo inhumano es el sacrificio, lo que es nuestro, es la entrega, la deshumanización es la guerra. Dar a luz, nacer, traernos al mundo es un acto de amor sin duda, en el que se juega la vida la madre por la vida de la cría, y lo mismo pasa entre los animales como en las personas, de modo que el ser vivo tiene en su entraña buena levadura, pues es capaz de fermentar en el más duro corazón, las sensaciones más bellas causadas por amar.

El amor es un bien transferible pero personalísimo, es decir, es el sentimiento que cada persona puede tener, pero su efecto es para sí,  y notorio directamente en el otro, en un especial estado del tiempo, o en la cosa o el objeto. Existen elementos para reconocer que los objetivos de la vida tienen que ver con amar, entregar amor y es vivir enamorados, porque como seres sociales buscamos a quien amar y aunque algunas veces no se encuentre o se pase una vida en ello, el solo haber pasado por la búsqueda vale la pena.

El amor nos lleva a la felicidad y ser felices es la meta en la vida, por lo tanto, luchemos las mil y una batallas hasta lograrla, y dejemos que cada momento de nuestra existencia se inunde de amor, no del que nos habló Platón, si no del que nos hable el corazón.

 

 

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